LA PLAGA QUE ACABÓ CON MÁS DE 21 MILLONES DE OLIVOS EN EL SUR DE ITALIA SE EXTIENDE YA POR 48.000 HECTÁREAS DE EXTREMADURA

Santos Lozano Palomeque

El control de plagas en la Unión Europea es uno de los más estrictos del mundo y, en términos generales, se trabaja con rigor para intentar frenar la llegada de nuevos organismos invasores. Sin embargo, el aumento de la movilidad de mercancías y los efectos del cambio climático de origen antrópico están favoreciendo una mayor expansión y aparición de plagas que afectan a los ecosistemas agrícolas.

En este contexto, la bacteria Xylella fastidiosa, una de las más temidas en la sanidad vegetal europea, refuerza la gravedad del problema por su capacidad de

propagación, la ausencia de cura directa y su impacto potencial sobre cultivos estratégicos y ecosistemas agrícolas.

No estamos hablando de un riesgo teórico. Estamos hablando de un organismo que ya está presente en el territorio extremeño, en la Sierra de Gata y Valencia de Alcántara. El municipio de Valencia de Alcántara es uno de los puntos donde la situación requiere especial atención. Y es fundamental que la población sea consciente de lo que implica esta realidad: vigilancia activa, detección temprana y coordinación directa con la administración autonómica.

Es importante matizar algo clave: no todas las cepas se comportan igual.

En Italia, la devastación del olivar estuvo asociada a la subespecie pauca, altamente agresiva con el olivo. En Extremadura, la situación detectada corresponde a la subespecie fastidiosa, con un comportamiento diferente, pero con capacidad de afectar a múltiples especies vegetales, especialmente vid, almendro y vegetación silvestre.

Esto no reduce el problema. Lo redefine.

Porque el riesgo no es solo agrícola directo. Es ecológico y territorial: dehesa, monte mediterráneo y especies silvestres que pueden actuar como reservorio, complicando el control a medio y largo plazo.

Y ante este escenario, no basta con la vigilancia. Es necesario organizarse.

Es imprescindible que la administración extremeña habilite ayudas directas para los afectados, mediante mecanismos ya contemplados en la normativa, pero que deben ser regulados de forma expresa y operativa para que puedan aplicarse con rapidez y eficacia. Esto no se ha hecho aún.

Al mismo tiempo, es urgente abordar la restauración de las zonas afectadas, donde ya se está produciendo la muerte de plantas y la degradación del ecosistema vegetal. No se trata solo de contener la plaga, sino de recuperar el equilibrio productivo y ambiental del territorio.

Porque este tipo de crisis no se resuelve únicamente con control fitosanitario. Se resuelve también con apoyo económico, gestión territorial y capacidad de reacción institucional.

Y el tiempo, en estos casos, siempre juega en contra.

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